En cierta ocasión escuché a un bebé decir una de sus primeras palabras, y en lugar de ser el clásico "mamá" o "papá", este simpático crío dijo: "coche". Fue algo que me resultó tan simpático y original, que cuando fue un poco más mayor le compré el DVD de la genial adaptación de los hermanos Wachowski del ánime / manga Speed Racer.
El argumento del film es muy simple: una familia enamorada de las carreras con un padre mecánico, un hijo corredor, un apasionado hermano menor (amigo de un mono que a día de hoy no sé qué pinta, pero me encanta), y unos rivales cuyas tretas para ganar pasan desde artefactos mecánicos para obtener ventaja, a sobornos y chantajes con los que descentrar a nuestro protagonista.
De esta adaptación podríamos destacar miles de aspectos, como sus impresionantes efectos especiales, lo bien caracterizados que están los personajes, o incluso un subliminal mensaje que podría transmitir respecto a que siempre hay alguien que sin nosotros saberlo vela por nuestros intereses. Hoy, me centraré exclusivamente en lo siguiente:
Durante una carrera Speed Racer tuvo un accidente casi mortal del que con mucha suerte consiguió salir vivo. Si inmediatamente no hubiera vuelto a conducir, habría pasado muchísimo tiempo hasta que hubiese podido volver a hacerlo.
PD: Alán, el pequeño al que regalé el DVD, hace un par de carnavales se disfrazó de Speed Racer gracias a los complementos que pacientemente elaboraron sus padres, tíos y abuelos, y evidentemente, es una de sus películas favoritas.
Imagen con licencia CC cortesía de crazyoctopus.
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